Te conozco ¿me conoces tú a mi?

Mensaje del Director:

Te conozco, pero ¿me conoces tú a Mi? Muchas veces, alguien define a una persona, por la propia percepción que se ha forjado de la misma. Pero, solo son presunciones personales, en verdad todavía no la conoces en realidad. Son nada más que pensamientos percibidos a través de su propia forma de ver las cosas. Si gustas de juzgar a las personas por su apariencia solamente, es probable que te equivoques. Porque todo aquel o aquella que luce agradable a la vista, no necesariamente será grato cuando la frecuentes. La experiencia tampoco es fiable a la hora de examinar conductas, la gente cambia, aunque a veces no se nota. En verdad, nunca conoces en profundidad a una persona durante toda su vida. Pero es sin duda una maravillosa aventura, cuando conoces íntimamente a alguien. Ello requiere de tiempo, interés y dedicación.

Ahora no. No tengo tiempo

Esa es la conocida excusa que surge instantáneamente cuando enfrentamos una situación inesperada. Por ejemplo, otra persona. En esencia es una excusa sin sentido. Estamos vivos, entonces disponemos de tiempo, solo que no sabemos la importancia del momento. Prestarle atención sería la decisión más acertada. Pero sucede que siempre estamos pensando en primera persona. Cómo causar la mejor impresión, cuidar lo gestual y también lo que hablamos. Eso nos impide atender, ver y oír lo que tenemos delante. En cierta ocasión, una persona buscó un consejero para evacuar una consulta. En el momento, no había ninguno disponible. La persona que lo recibió, solo atinó a mirar su reloj y preguntarle con sorpresa ¿Ahora? Quién consultaba, algo confuso se retiró y manifestó que quizás volvería en otra oportunidad. Pero nunca volvió, él necesitaba una respuesta en el momento.

La oportunidad siempre se presenta, ¿Estamos preparados?

Siempre se ha repetido que si se pierde el tren, se ha perdido la oportunidad. Esto es solamente una verdad a medias. Depende de la ruta que sigue el tren hasta la terminal del viaje. Quizás, si de ello depende una entrevista de trabajo, una reconciliación o el si a una relación sentimental. tal vez. Hay desencuentros o heridas que es muy difícil sanar por más empeño que se ponga. Pero perder una batalla, no es perder la guerra. Siempre se puede volver a intentar, lo que antes se tuvo o no se pudo hacer a tiempo. La experiencia nos dice que la esperanza, la voluntad y la constancia, han derribado murallas y fortalezas.  Muchos se deprimen al primer contratiempo, el temor al fracaso o el rechazo los inmoviliza. Pierden la facultad de luchar o de volver a intentarlo. Recuerden, hay trenes todavía a punto de partir y diferentes destinos. Pero hay uno solamente que no podemos perder. Pero es necesario conocer con certeza cuál es.

Nadie es inmune al desaliento

¿Conoces el desaliento? Todo ser humano se desalienta en algún momento de su vida. El fantasma de la depresión nos acecha a cada instante. Los reveses , la burla, el agravio o las pérdidas causan honda tristeza. Los grandes hombres y mujeres que ha dado la humanidad, lo padecieron. Abraham Lincoln tuvo una esposa que le amargó toda su vida. Job tuvo que soportar el desprecio y desamor de su cónyuge. Charles Spurgeon, llamado el príncipe de los predicadores a causa de sus enfermedades sufría grandes períodos depresivos. El Rey David en los Salmos nos revela sus agudos momentos de dudas y desaliento. Nuestro Señor Jesucristo también los padeció. Abrumado por el dolor y profunda pena al soportar todo el peso de nuestra culpa, rogó a su padre. «Padre si quieres pasa de mi esta copa» Incluso la agonía de María su Madre terrenal, viendo el sufrimiento de su hijo en la cruz.

¿Conoces en realidad quién es?

Nunca digas que conoces, si jamás has hecho un sincero intento. Quizás no sea culpa del otro no conocerlo. El mundo está lleno de gente que vive de apariencias. Aparenta ser bueno, honesto, caritativo y amigable. Parece demostrar interés, pero sus acciones lo niegan. Cuántas veces se oye decir, te amo y luego se destruye lo que se dice amar. Tengo muchos amigos se escucha por ahí, pero en realidad ni siquiera son conocidos. La ilusión se diluye cuando surge un problema serio. En ese momento conoces en realidad, cuantos son los amigos y cuantos los conocidos. Alcanzan los dedos de una mano para contarlos. Quizás no sea culpa de ellos, sino de nosotros mismos. Si deseamos tener amigos hay que mostrar genuino interés en los demás. Ponerse en los zapatos del otro. El verdadero amigo es aquel que llega y se queda contigo, cuando todos los demás se van. Haz tú lo mismo.

¿Conoces a Jesús?

Piensa antes de responder, no te hagas trampas al solitario. ¿Qué has hecho para conocerlo, lo has buscado con absoluta sinceridad, en la soledad de tu habitación? ¿Sabes donde está, cuáles son sus mandamientos, el lugar donde se lo honra, que ha hecho y lo que hace hoy? ¿De verdad lo conoces? Porque Él te conoce a ti totalmente. No puedes engañarlo. Sabe lo que piensas antes incluso de que lo pienses. Conoce lo que has hecho en toda tu existencia, mejor que tu propia madre o tu padre. Sabe tus intenciones y las veces que has intentado burlarte, negarlo y hablar mal sobre Él. Conoce tus deudas, de lo que te apropiaste indebidamente y de las veces que te has olvidado de tu hermano. ¿Cuántas veces fuiste a visitarlo cuando estuvo enfermo o en necesidad? Pero dices que le amas, cantas en el coro y aun predicas.  Jesús, es el verdadero amigo de quien lo busca. Ha dicho a los suyos «Ya no os llamaré discípulos, sino amigos» ¡Que maravillosa realidad podemos vivir! Todas las veces que nos paramos frente al espejo nos vemos cual tal somos. Y recordar que Jesús, en ese y todos los momentos;  nos está observando.