¿donde están mis lentes?

Mensaje del Director:

¿Donde están mis lentes? exclamaba Mariana contrariada mientras recorría las habitaciones de su casa, tropezando aquí y allá. Quien utiliza a diario lentes, gafas o lentillas, sabe por experiencia lo difícil que resulta ver con claridad. No se trata simplemente de algo ocasional, sino de un artículo que es como una extensión de nuestra humanidad. Convive con la persona, es algo tan esencial que solamente se puede obviar cuando se realiza la higiene personal. Y cuando la persona se retira a descansar. Está delante de los ojos la mayor parte del día y nos percatamos de ello, cuando hay necesidad de limpiarlos. Como nuestra vista, los lentes también requieren de cuidados.

¿Son imprescindibles, los lentes?

Para leer, ver las noticias y recorrer las páginas del periódico, caminar, reconocer a nuestros familiares o amigos, se necesitan. ¿Son imprescindibles? Para multitud de personas es así, aunque existen algunas soluciones para recuperar parte o la totalidad de la visión. Desde ejercicios físicos, dietas, medicamentos o remedios caseros, hasta cirugía tradicional o tecnología Laser. En otras circunstancias, pues también acontece así, lamentablemente resultan casi inútiles. Es el caso de personas que han perdido la visión o han nacido sin ella. En este caso poco pueden agregan los lentes o como suelen llamarse, anteojos. Eso no significa, que tales personas, nunca puedan ver algo. Cuando soñamos aún dormidos, podemos ver con todo realismo y a todo color lo que estamos soñando.

No puedo ver nada

En la oscuridad absoluta, el ser humano nada puede ver. En la penumbra, la capacidad de acomodación de la vista hace posible “ver” o vislumbrar algunas cosas. Pero también existe otra clase de capacidad visual, que muchas veces impiden ver la realidad tal cual es. Aquí también los más sofisticados lentes de nada sirven. Todos conocemos el refrán ¡No hay peor ciego que el que no quiere ver! Es que resulta difícil convencer a alguien de algo que no quiere ver. La realidad en muchas ocasiones no se quiere reconocer. Sea por el dolor que provoca o por un instintivo intento de evadirse de la misma. Otro caso es intentar negar lo que resulta evidente, querer ocultar el sol con la mano. Vano Intento.

No te puedo ver, por lo tanto, no existes.

¿Podemos ver el viento, el tamaño de un sentimiento, el color de la alegría, el tono de la felicidad? No, simplemente conocemos sus manifestaciones. Y aunque no son visibles sabemos de su existencia. Podemos notar lo que existe por  supuesto por lo que vemos, aunque solamente por la dimensión de nuestro alcance visual. Nuestros ojos no son tan perfectos, percibimos una realidad en la medida de la capacidad que tienen. También interviene en la ecuación lo que creemos aunque no lo podemos ver. Así es con nuestro Dios, no lo podemos ver físicamente, pero sabemos que existe por lo que ha creado. Además de lo que oímos, tocamos, olemos y gustamos.

Toda la naturaleza es la mejor evidencia. 

No se necesita de una inteligencia superior, para comprender, que lo que existe y vemos ha sido creado. Desde luego hay gente que afirma, que la vida se debe a una gran explosión cósmica. El argumento es tan pueril y sin consistencia que mueve a risa, si no fuere tan serio. Tanto como decir que un diccionario o la guía telefónica fue la concreción de una explosión en una imprenta. Lo mismo que un avión, el resultado de un encuentro espontáneo de unas chapas de metal y mil remaches. Que alguien opine la realidad de tales cosas, no lo constituye en verdad. Cada uno puede creer y pensar en lo que prefiera, pero todo requiere de un elemental principio o comienzo.

¡Qué suerte, al  fin los encontré!

Mariana, está extenuada y bastante magullada por los golpes recibidos en la búsqueda de sus anteojos. No ha quedado lugar que no haya revisado. No era el único par que poseía, pero eran sus preferidos para ver de cerca. Ya había olvidado cuanto tiempo hacía que se habían extraviado. Esa mañana cuando despertó decidió por fin, que era tiempo para buscarlos. Voy a dar vuelta la casa si es necesario, pero estoy dispuesta a encontrarlos, se repetía una y otra vez. La noche se acercaba y aun el tan deseado par de lentes, no aparecía. Desolada apoyó sus manos sobre un viejo mueble. Algo cayó al suelo ruidosamente. Era un  grueso libro cubierto de polvo. Lo sacudió y leyó el título. Santa Biblia, la abrió y… ¡sorpresa! allí estaban los lentes que tanto había buscado.

Ninguna vida será transformada por poseer o aún leer la Biblia. Es necesario estudiar cuanto dice y luego practicar a conciencia lo que enseña.